Mes de Junio.
Hace calor en sevilla.
La alameda de hércules, lugar donde se reunen habitualmente los jóvenes a los que no les gusta llevar zapatos.
Hoy esto parece un cementerio de elefantes.
Son las 5 de la mañana y no quedan ganas de más.

Después de una semana entera despidiéndome de la mayoría de los que han sido mis mejores amigos -emilio, víctor, jessi...el resto sabéis quienes sois- ya no me queda ningún adios más. O puede que sí, pero al menos será con el verano de por medio. Mira que nos prometimos no sollozar en el momento clave. Pero no paran de llegar emails con agradecimientos, mensajes cariñosos y miradas que indican que todos estamos llegando al fin de una etapa, y que por muy trascendental que suene, nuestra vida ya nunca será la misma. Básicamente y porque aunque la realidad sea así y todos maduremos lo suficiente como para prescindir de cosas que han sido importantes y suplirlas con otras, este periplo universitario que tanto se ha alargado para mi y que he podido compartir con los más surrealistas compañeros de viaje, marca bastante. Y ahora vendrán cada vez más los grandes períodos estivales, y ni siquiera la falsa promesa de que el mail acorta distancias, conseguirá que vivamos el día a día como lo hemos hecho hasta ahora. Y sí, los buenos siempre se quedan, pero no pude evitar volver llorando a mi casa.

Y ahí fue cuando, a 200 metros de mi casa, arrumbado en una esquina, decidí llamar a mi amiga Tati. Ella ha vivido durante todo el año muy cerca de dónde yo. Acaba de terminar arte dramático. Casualmente ese día había ella había tenido su última actuación y casualmente se encontraba por allí cerca haciendo lo mismo que yo durante toda la semana. Despidiéndose. Nos encontramos en otra esquina que está entre ambas casas y sin mediar palabra nos abrazamos y nos pusimos a compartir suspiros entrecortados en medio de una lluvia de lagrimas. Tras 15 minutos y sin decir nada, nos despedimos. Ella regresó a su fiesta de despedida y yo cogí camino hacia casa...

Y allí fue donde a punto de entrar en mi portal vi un corazón en medio de la calle. No, no. No es otra metáfora cursi para ilustrar lo mal que me sentía. Es que había tirado en la calle un corazón de peluche, grande y rojo, con patas y brazos, con una enorme sonrisa y con un texto que decía_ TE QUIERO. De repente mi mente conectó rápido todo. Sali corriendo y volvi a la esquina dónde había estado Tati, coloqué estratégicamente el corazón, volví caminando hacia mi casa y le mandé un sms a ella para que volviera rápida al punto de encuentro.

Cuando estaba a punto de llegar a mi portal me dije a mi mismo: "vaya, ya tendría que haber llegado allí, que raro que no me haya contestado o al menos dado un toque". Aguardé un poco más, pero entre la extrañeza, un ruido que se me hacía demasiado conocido y un olor desagradable y peculiar, decidi llamarla.

"Tati"

"Qué pasa!!? Estás bien?? Ya estoy aquí..."

"¿No hay nada en la esquina???"

"No! qué tendría que haber??"

Volvi corriendo a la esquina. Efectivamente. No había nada. Acababa de pasar el camión de la basura y había recogido todo lo que había en un radio de 5 metros. Incluído el corazón que había en la esquina. ¿O será que se él se fugó?